Protegidos por la nube de polvo que levanta su piño en el trajín a la invernada, viene Nélida González con unos aritos tan bonitos que la hacen aún más linda que todas las lindas del mundo por allá viene Juan, su marido, arreando los caballos.
Y, a los dos, les ayuda su hijo Eulices, adoptivo desde hace millones de cosas.
- ¡Qué burro tan chiquito…!
- No es un burro, es una mula…Me corrige.
- ¿En qué se diferencia uno del otro…?
- Mi mula tiene tetas y el burro pajarito… Me aclara, didáctico, Eulices (14 años).
- ¿De dónde vienen…?
- De arriba de Las Ovejas… Me responde Nélida
- ¿A dónde van…?
- Al Alamito…
- Ahh. Ya les queda poco… Concluyo.
- Si, en dos días más llegamos… Esta noche dormimos en el alojo que está ahí abajo. Nos están asando unos pollos. Estamos cansados. Vamos con mi marido y mi hijo… Me dice contenta. A boca de jarro. Con un desbordante frenesí. Orgullosa y dichosa, casi cantando…su himno a la dignidad de una vida realizada…
Y sus aritos le brillan como un sol…
Ahora son las 7 de la mañana y hacen apenas 6 grados. Recién parece asomar el sol por detrás de la cordillera del Viento. Ahora mismo están cruzando el puente que, sobre el río Neuquén, hay en Andacollo.Con la poca luz, Nélida y Juan, recién levantados de dormir a la intemperie, encaran el anteúltimo tramo antes de llegar a El Alamito, un pequeño caserío sobre la ruta pcial. N° 43 a medio camino entre Andacollo y Chos Malal. Eulices, su hijo, se quedó en el alojo para juntar los caballos y en un rato los alcanza.
En lo personal, es cada vez menos común ver a toda una familia arriando un piño. Este es uno de los ejemplos más emocionantes que me tocó vivir. Los tres parecen disfrutar de su trajín.
¡Bienvenida la vida…!
Fuente D.R.N.